Pues
sí. Se cayó. Volvió a caerse. Hace ya unos días. Cosas del equilibrio, ese
equilibrio puñetero. O, mejor dicho, ese desequilibrio puñetero. No es la
primera vez, ni será la última. Estaba en la
terraza, tratando de colgar la fregona de su gancho… y se fue para atrás. Lo
hace a diario, pero esta vez se desequilibró y se cayó. No sé si sería por el
viento huracanado que soplaba o por otra cosa, pero el caso es que esta vez se
desequilibró y se cayó. Lo bueno es que no se hizo más que un raspón en un
brazo cerca del codo. Un agujero en la manga y un raspón. Lo malo es que estaba
sola en casa y nadie pudo ayudarla a levantarse. Según me contó más tarde, se
lo tomó con calma. Como vio que no podía incorporarse rápidamente, se colocó
bien, se tumbó boca arriba y dejó pasar un tiempo. Luego, se arrastró para
entrar en casa y, una vez dentro, se apoyó en una banqueta para incorporarse y
sentarse en el sofá. Allí la encontré yo. Le curé el
raspón, que, la verdad, era bastante aparatoso: alargado y ancho, pero, por
fortuna, superficial en su mayor parte; solo tenía unas gotas de sangre en un
extremo. Agua oxigenada, mercromina… y listos.
Con
los días, el raspón se va curando, ya no supura, pero se le va formando
alrededor un moratonazo de órdago. También le han salido un par de moratones
más en el otro brazo y en la espalda, pero nada grave. Esperemos que todo se
quede en eso.
Yo
procuro ser positivo y no echarle la bronca, pero no puedo evitar preguntarle
por qué ese empeño en hacer cosas que puede
hacer otra persona, para qué arriesgarse. Sí, no puedo evitarlo… aunque sé que,
si yo estuviera en su lugar, haría exactamente lo mismo.