Aprovechamos
el fin de semana para hacer la colada. Lo típico: seleccionar la ropa (color o
blanca), poner la lavadora, tender la ropa (fuera, si no llueve; dentro en un
sisi, si sí), recogerla, plegarla la que haya que guardar en el armario, dejarla
en la cesta de la plancha la que haya que planchar… Nada extraordinario, todo
de lo más normal, todo sin complicaciones.
En
casa, sin embargo, se complica un poco todo. No por nada, simplemente porque
ella quiere participar en el proceso, lo que me parece bien. Lo que pasa es que
casi siempre sobrepasa los límites, sus límites: llega a un punto en el que ya
no le es posible tenerse en pie, porque las piernas le flojean o porque no
puede mantener bien el equilibrio. A mí me gustaría que no llegara a ese punto,
que fuera más juiciosa, más sensata en lo que respecta a la percepción de sus
fuerzas, que su implicación se ciñera a lo básico y no a las tareas puramente
físicas. ¡Para eso ya está el menda! Pero…
Una
vez más, procuro entenderla, procuro pensar en que siempre hay batallas que librar… y perder, porque poco a poco las irá perdiendo todas. Intento
entenderlo, sí, pero no logro evitar que me duela verla medio doblada cuando ya
no puede, y me pregunto que qué haría yo en su situación si me quitarán el
montar en bici, por ejemplo, y me respondo que probablemente me desesperaría,
no lo creería e intentaría, al menos, pedalear una bici estática. En fin, no
sé. Me seguirá doliendo verla así, pero debo procurar que no se me transparente
y, sobre, todo, no culparla. La culpa no es suya.