Nada,
que no se va. Nuevo análisis de orina, nuevo bicho. El médico de cabecera ya no
sabe qué hacer, la remite a la uróloga. La uróloga le dijo en tiempos que, si
no había síntomas, no era necesario tratar la infección. Pero ¿qué síntomas?;
¿qué hay que entender como síntomas causados por la infección en una enfermedad
como esta que tiene tantos y tan variados?; ¿cómo saber si la exacerbación de
un síntoma en concreto se debe a la infección o a otra cosa? Preguntas para las
que no te dan una respuesta, para las que no tienen una respuesta. Los médicos
de cabecera están superados por esta enfermedad. Los urólogos solo se ocupan de
lo que afecta a su área: retención de orina o todo lo contrario, vejiga
neurógena, esfínteres dañados… Los neurólogos se ocupan hasta donde pueden
llegar, que no es mucho, la verdad: medicamentos, tratamientos medicamentosos,
probaturas de nuevas cosas que van surgiendo…, pero si no mejoras, pues no
mejoras. Una cosa arreglada, dos estropeadas. La visión global, transversal,
que hace falta en esta enfermedad no aparece por ningún lado. Al final, es el
propio paciente el que debe saber cómo tratarse.
Cuando
supo que el bicho seguía presente, se dijo: “¡Lo tengo que matar!”. Para cenar
me pidió que le partiera una cebolla en juliana y se comió unos cuantos trozos.
Era un cebolla dulce, supuestamente, pero casi se le caían las lágrimas al
comerla. Dice que comer cebolla ayuda a matar esos bichos, pero… Veremos.
Hoy
estoy un poco de bajón, así que me ha salido un texto acorde. ¡¿Será que se
acaba el año?!