Siempre
le ha gustado cocinar y le sigue gustando. Y sigue cocinando. Cuando yo estoy
en casa, con mi ayuda: pelo las patatas, pico las cebollas, le alcanzo las
cosas de la nevera, pongo la olla o la sartén al fuego… Cuando no estoy, se
apaña ella sola. Y parece que se apaña bien o, al menos, suficientemente bien.
Como de pie no puede estar mucho tiempo, tenemos una banqueta con respaldo y
ahí que se sienta para vigilar lo que se está cociendo en la olla o friendo en
la sartén. Pero no es fácil… ni para ella ni para mí.
Para
ella, porque a poco que tenga que moverse (tres pasos a la izquierda para coger
el salero; tres pasos a la derecha para lavarse las manos), al final las
piernas pierden fuelle y se le hace un mundo… aunque nunca se rinde ni se queja.
Para
mí, porque veo como poco a poco las piernas no consiguen aguantarla y se va
encogiendo, se le van doblando las rodillas. Y me cabreo, me enfado con ella
por no quedarse sentada en la banqueta y dejar que yo lo haga. Me enfado con
ella, cuando, en realidad, con quien quiero enfadarme es con la enfermedad, con
el mundo, con la injusticia… A veces, cuando la preparación de la comida ya
está, y solo queda la cocción o la fritura, y mi ayuda ya no es necesaria, me
voy, salgo de la cocina. A veces, no puedo soportarlo.
Eso
sí, la comida, como siempre. ¡Estupléndida!
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