Le va costando cada vez más caminar en casa y, también, cada vez le cuesta
más mantenerse de pie cuando se ducha. Así que ha optado por hacerse con un
asiento para ducharse sentada. Lo que pasa es que se ducha en la bañera. ¡Sí, en
la bañera! ¡Qué disparate!, ¿verdad? En casa tenemos una bañera pequeña y,
también, una ducha espaciosa y a ras de suelo con un asiento de cuatro patas. Y
ella prefiere ducharse en la bañera pequeña, con toda la incomodidad que eso
supone: primero, porque tiene que salvar la altura de la bañera para entrar en
ella; segundo, porque, como he dicho, las dimensiones de la bañera son
reducidas y, al poner el asiento, no queda mucho sitio para poder entrar y
moverse, y, tercero, porque los asientos para bañeras se sujetan en los bordes
de la bañera y el asiento en sí queda por debajo del borde, con lo cual ella
está sentada demasiado abajo y, al final, le cuesta bastante más levantarse.
Pero ella prefiere la bañera… Así que se ha hecho con un asiento de bañera y, además,
hemos colocado un nuevo agarradero en la pared de enfrente para que se apoye en
él al levantarse.
En resumen, que ahora tenemos dos baños adaptados a su situación. Yo sigo
pensando que le resultaría mucho más fácil ducharse en la ducha porque, cuando reformamos la casa, ya diseñamos ese cuarto de baño para que fuera usado con silla de
ruedas, pero ella no piensa igual. Quizá, cuando lleve un tiempo usando la
bañera, se dé cuenta de que realmente es menos cómoda que la ducha. Ya veremos.
Mientras tanto, no queda más remedio que respetar sus decisiones o preferencias…
cueste lo que cueste. Y, a veces, cuesta mucho, la verdad.
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