Hace
tiempo que el médico le dijo que tenía que hace ejercicio para reforzar las
piernas. Así, sin más. ¡Pero si el simple hecho de caminar ya le resulta
complicado! Que no cogiera tanto la silla de ruedas, que caminara, que pedaleara
en una bici estática… ¡Uf!
Lo
que hizo fue acudir un par de veces por semana a un fisio para que le diera
masajes en las piernas. Al salir de las sesiones, las piernas le respondían
mejor, habían cogido algo de tono muscular, podía mantenerse mejor de pie e
incluso caminar un poco más. Una pequeña victoria… que se desvanecía demasiado pronto.
Eso
de la espasticidad es un círculo vicioso: como la rigidez muscular se incrementa,
no puede caminar mucho, ni siquiera dentro de casa; como camina poco, las
piernas van perdiendo tono muscular; como los músculos de las piernas se
debilitan, no le permiten caminar mucho… Y vuelta a la casilla de inicio.
Ahora
está descansando del fisio: lo ha dejado durante un tiempo. Y ahora hemos
empezado con la bicicleta estática. Sí, es el momento. ¡Ahora le apetece!
Cuando se lo dijo el médico hace unos meses, ella no lo veía, no le apetecía,
no estaba con ánimo para hacerlo… Y yo respeté su decisión. Y eso
que la bici ya la teníamos en casa. Lleva con nosotros una burrada de años: la
compré yo cuando empecé a montar en bicicleta de carreras para poder hacer un
poco de ejercicio en invierno en casa; pasó una época en casa de una sobrina,
que la usó una temporada para reforzar una rodilla, creo; volvió a nuestra casa
y ha estado cogiendo polvo un porrón de años. Es muy sencilla, muy antigua…
pero de utilidad para lo que queremos.
La
cuestión es que ahora sí. Hace un par de días que se sube un rato al sillín y
pedalea. No mucho rato, pero pedalea. En el nivel más bajo de fuerza, pero
pedalea. Con mi ayuda, pero pedalea. Vamos por buen camino. A ver si dura. A
ver si tiene efecto.