domingo, 18 de febrero de 2018

La colada


Aprovechamos el fin de semana para hacer la colada. Lo típico: seleccionar la ropa (color o blanca), poner la lavadora, tender la ropa (fuera, si no llueve; dentro en un sisi, si sí), recogerla, plegarla la que haya que guardar en el armario, dejarla en la cesta de la plancha la que haya que planchar… Nada extraordinario, todo de lo más normal, todo sin complicaciones.

En casa, sin embargo, se complica un poco todo. No por nada, simplemente porque ella quiere participar en el proceso, lo que me parece bien. Lo que pasa es que casi siempre sobrepasa los límites, sus límites: llega a un punto en el que ya no le es posible tenerse en pie, porque las piernas le flojean o porque no puede mantener bien el equilibrio. A mí me gustaría que no llegara a ese punto, que fuera más juiciosa, más sensata en lo que respecta a la percepción de sus fuerzas, que su implicación se ciñera a lo básico y no a las tareas puramente físicas. ¡Para eso ya está el menda! Pero…

Una vez más, procuro entenderla, procuro pensar en que siempre hay batallas que librar… y perder, porque poco a poco las irá perdiendo todas. Intento entenderlo, sí, pero no logro evitar que me duela verla medio doblada cuando ya no puede, y me pregunto que qué haría yo en su situación si me quitarán el montar en bici, por ejemplo, y me respondo que probablemente me desesperaría, no lo creería e intentaría, al menos, pedalear una bici estática. En fin, no sé. Me seguirá doliendo verla así, pero debo procurar que no se me transparente y, sobre, todo, no culparla. La culpa no es suya.

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