Desde
hace un montón de tiempo. Cualquier cosa que falte, se coge la silla de ruedas
y al súper que va. Y no le importa si tiene que salir varias veces o si tiene
que ir a varios súper. Más que una obligación o un rollo, para ella es un
entretenimiento. Antes, en el antiguo régimen ―léase antes de que la esclerosis
múltiple le complicara la movilidad―, no era así: la compra la hacíamos entre
los dos; a veces, juntos; a veces, ella sola; a veces, yo solo. No había
consignas al respecto. Ahora, tampoco hay consignas, pero casi siempre es ella
sola la que va a comprar. En ocasiones, yo me ofrezco, pero suele rechazar mi
ofrecimiento. Como mucho, permite que la acompañe o me pide que la acompañe.
Pero ella quiere ir, quiere salir.
Pasa
lo mismo que con la cocina. Antes, en el antiguo
régimen, yo solía cocinar algunas veces; ahora, casi nunca. Antes, había
algunos platos que eran de mi factura; ahora, quitando las ensaladas, los
huevos fritos y las tortillas, me parece que no preparo ninguna comida más. Si
ella quiere hacerlo, que lo haga.
Me
esfuerzo por entender qué debe sentir al ir renunciando poco a poco a las cosas
de antes, a las ocupaciones de antes, ir perdiendo batallas una tras
otra, y me digo que no tengo que impedirle que procure retrasar esa renuncia lo
más posible. Aunque a veces me duela.
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