lunes, 18 de septiembre de 2017

De boda… a trancas y barrancas

Sí. Estuvimos de boda. En la boda de uno de los hijos de unos amigos. Nos habían invitado hacía ya tiempo y les dijimos que sí. Nos apetecía mucho. Bueno, a ella más que a mí, porque yo no hacía más que pensar en los inconvenientes de la situación. En realidad, siempre pienso en los inconvenientes de cualquier situación, en los obstáculos que tendremos que salvar… y siempre suelo ponerme en el peor de los casos. No sé si es una estrategia de anticipación o es que está en mi temperamento. Así, si luego no pasa nada, o si no pasa tanto como había anticipado, pues eso que nos encontramos.

Llegar a la iglesia ―se trataba de una boda católica―, no supondrá ningún problema: cogeremos un taxi y meteremos la silla de ruedas en el maletero. Pero ¿podremos entrar en la iglesia? Muchas iglesias suelen tener escalones en la entrada. Así que unos días antes de la boda, me paso por la iglesia para ver cómo está el acceso. Tiene dos entradas, las dos con escalones, pero en una de ellas hay también una rampa. Es una rampa de las que nosotros llamamos ‘cubo de la basura’, por lo empinada que es: más prevista para sacar y meter los cubos de la basura que para subir y bajar personas en silla de ruedas. De todas maneras, es lo que hay. Y tendrá que servir. Y sirvió

Lo que no había previsto yo era tener localizado un aseo por si ella tenía una urgencia fisiológica. Entre las secuelas de la esclerosis múltiple se encuentra también la dificultad de controlar los esfínteres, ambos esfínteres. Cuando estás en un restaurante o en casa de amigos o familiares, la solución está cerca: siempre hay un cuarto de baño disponible. En ocasiones, en el caso de los restaurantes, por desgracia, el cuarto de baño está, pero es impracticable por hallarse a distinto nivel ―en un sótano, por ejemplo― y no haber ascensor o elevador. Cuando estás en una iglesia, ¿qué haces? Llegado el momento, que llegó al final de la ceremonia, nos permitieron entrar en las dependencias de la sacristía y hacer uso del baño que allí había.

Para el desplazamiento hasta el lugar del banquete ―en el kilómetro 30 de una de las carreteras que salen de Madrid―, los novios habían previsto dos autocares. ¿Tendrá alguno elevador para silla de ruedas?, era la pregunta que me hacía yo a mí mismo. No, ninguno, fue la respuesta que hallé. Tenían, creo haber contado, 7 escalones. Por supuesto, ella subió los escalones, a su ritmo, tirando yo de la pernera del pantalón para subirle la pierna peor y empujándola del culo cuando era necesario. La silla, ella, no tuvo problemas: tenía todo el maletero del autocar a su disposición.

El edificio del convite estaba en el campo; tenía varias dependencias ―aquí, será el aperitivo y, tras la comida, también el baile; allí, la comida―, y había un gran jardín bonito por detrás para pasear o sentarse al sol o hacerse fotos… si eras capaz de subir y bajar escalones. Desde donde paró el autocar hasta la puerta, el suelo era de tierra, con baches, piedras y arena. Llevar una silla de ruedas por ahí no es de lo más cómodo, ni para quien la lleva ni para quien va sentado. Una vez dentro, ¡eureka!, había un aseo para minusválidos. Pero, para llegar a él, había que sortear algunos escalones. Imposible para alguien en silla de ruedas… excepto si ese alguien puede levantarse. Por suerte, ella puede levantarse, con lo que pudo llegar al sitio del aperitivo, al lugar de la comida, al baño… pero declinamos hacernos la foto con los novios en el jardín. Nos las hicimos en otro sitio.

Total, que estuvimos de boda… a trancas y barrancas, que, como define el Diccionario de la Lengua Española (RAE), quiere decir ‘pasando sobre todos los obstáculos’. Y nos lo pasamos bien. Y nos gustó.


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