Sí.
Estuvimos de boda. En la boda de uno de los hijos de unos amigos. Nos habían
invitado hacía ya tiempo y les dijimos que sí. Nos apetecía mucho. Bueno, a
ella más que a mí, porque yo no hacía más que pensar en los inconvenientes de
la situación. En realidad, siempre pienso en los inconvenientes de cualquier
situación, en los obstáculos que tendremos que salvar… y siempre suelo ponerme
en el peor de los casos. No sé si es una estrategia de anticipación o es que
está en mi temperamento. Así, si luego no pasa nada, o si no pasa tanto como
había anticipado, pues eso que nos encontramos.
Llegar
a la iglesia ―se trataba de una boda católica―, no supondrá ningún problema:
cogeremos un taxi y meteremos la silla de ruedas en el maletero. Pero ¿podremos
entrar en la iglesia? Muchas iglesias suelen tener escalones en la entrada. Así
que unos días antes de la boda, me paso por la iglesia para ver cómo está el
acceso. Tiene dos entradas, las dos con escalones, pero en una de ellas hay
también una rampa. Es una rampa de las que nosotros llamamos ‘cubo de la basura’,
por lo empinada que es: más prevista para sacar y meter los cubos de la basura
que para subir y bajar personas en silla de ruedas. De todas maneras, es lo que
hay. Y tendrá que servir. Y sirvió
Lo
que no había previsto yo era tener localizado un aseo por si ella tenía una
urgencia fisiológica. Entre las secuelas de la esclerosis múltiple se encuentra
también la dificultad de controlar los esfínteres, ambos esfínteres. Cuando
estás en un restaurante o en casa de amigos o familiares, la solución está
cerca: siempre hay un cuarto de baño disponible. En ocasiones, en el caso de
los restaurantes, por desgracia, el cuarto de baño está, pero es impracticable
por hallarse a distinto nivel ―en un sótano, por ejemplo― y no haber ascensor o
elevador. Cuando estás en una iglesia, ¿qué haces? Llegado el momento, que
llegó al final de la ceremonia, nos permitieron entrar en las dependencias de la
sacristía y hacer uso del baño que allí había.
Para
el desplazamiento hasta el lugar del banquete ―en el kilómetro 30 de una de las
carreteras que salen de Madrid―, los novios habían previsto dos autocares.
¿Tendrá alguno elevador para silla de ruedas?, era la pregunta que me hacía yo
a mí mismo. No, ninguno, fue la respuesta que hallé. Tenían, creo haber
contado, 7 escalones. Por supuesto, ella subió los escalones, a su ritmo,
tirando yo de la pernera del pantalón para subirle la pierna peor y empujándola
del culo cuando era necesario. La silla, ella, no tuvo problemas: tenía todo el
maletero del autocar a su disposición.
El
edificio del convite estaba en el campo; tenía varias dependencias ―aquí, será
el aperitivo y, tras la comida, también el baile; allí, la comida―, y había un
gran jardín bonito por detrás para pasear o sentarse al sol o hacerse fotos… si
eras capaz de subir y bajar escalones. Desde donde paró el autocar hasta la
puerta, el suelo era de tierra, con baches, piedras y arena. Llevar una silla
de ruedas por ahí no es de lo más cómodo, ni para quien la lleva ni para quien
va sentado. Una vez dentro, ¡eureka!, había un aseo para minusválidos. Pero,
para llegar a él, había que sortear algunos escalones. Imposible para alguien
en silla de ruedas… excepto si ese alguien puede levantarse. Por suerte, ella
puede levantarse, con lo que pudo llegar al sitio del aperitivo, al lugar de la
comida, al baño… pero declinamos hacernos la foto con los novios en el jardín.
Nos las hicimos en otro sitio.
Total,
que estuvimos de boda… a trancas y barrancas, que, como define el Diccionario
de la Lengua Española (RAE), quiere decir ‘pasando sobre todos los obstáculos’.
Y nos lo pasamos bien. Y nos gustó.
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