Tengo
que irme un par de días de viaje: me iré por la mañana y volveré el día
siguiente antes de que empiece a anochecer. Y eso me inquieta un poco, porque
hace mucho tiempo que no la dejo sola una noche. Bueno, en realidad, es algo
más que una noche, si lo comparo con mi horario de trabajo habitual. Me iré por
la mañana como si fuera a trabajar en un día normal, en mi horario normal, y
volveré al día siguiente un poco más tarde de lo habitual, pero más o menos
como si me hubiera quedado en el trabajo un par de horas para terminar algo que
no admite retraso. En definitiva, si lo comparo con la normalidad habitual, por
decirlo así, este viaje me supone dejarla sola ―o, mejor dicho, no estar
presente o no estar disponible para ella― una tarde, una noche y un despertar.
No es mucho, pero no puedo evitar inquietarme un poco. Y a ella no le apetece
nada que me vaya de viaje. También ella está algo inquieta.
Es
verdad que el hecho de que yo esté presente no garantiza nada. Un accidente,
una recaída de la enfermedad, un lo-que-sea… puede pasar en cualquier momento.
Pero, si uno está ahí, al menos puede reaccionar, apoyar, ayudar, acompañar… Estar
ahí, en definitiva.
Procuro
pensar que no va a pasar nada. Vamos, estoy seguro de que no va a pasar nada.
Pero…
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