Domingo.
Verano. Barcelona. 1992. Juegos Olímpicos. Allí fue donde empezó todo. Habíamos
ido a pasar el día. Estuvimos paseando y, entre otras cosas, subimos a Montjuïc
a ver el estadio. Por fuera, claro. No teníamos pensado entrar a ver ninguna
competición deportiva. Mejor, porque al final resultó que ese día no había
competiciones y, por lo tanto, casi tampoco gente. Total, que anduvimos
tranquilamente por la ciudad, a nuestro aire. Fue ese día cuando empezó todo,
fue ese día cuando empezó a notar un cosquilleo en la mano que, con el paso del
tiempo, no se le iba. Creo recordar que ya en ese momento (bueno, unas semanas
más tarde sería) le hicieron una resonancia magnética y le vieron una placa en
la columna. Supongo que le darían alguna medicación, pero no me acuerdo. Lo que
sí recuerdo es que no le diagnosticaron esclerosis múltiple entonces… porque se
trataba de una placa única, no de varias.
Unos
años después. Fin de semana en Nantes. Boda de la hija de unos amigos.
Celebración por todo lo alto. Banquete divertidísimo, con actuaciones de los
comensales incluidas. Nos trataron de lo mejor. Nos traían y llevaban, y
nosotros no teníamos que preocuparnos por nada. Dormimos en un hotelito bien
mono. Y allí fue donde siguió lo que había empezado en Barcelona. Ella estaba
en la cama y la habitación empezó a darle vueltas. No, no era consecuencia del
banquete y de los estragos de vinos, licores y demás bebidas espirituosas. No,
no era nada de eso: ella apenas bebe. De vuelta a casa, resonancia magnética y
descubrimiento de otra placa. Y entonces sí, como ya eran dos las placas, la de
Barcelona y la de Nantes, ya le pudieron diagnosticar ‘oficialmente’ esclerosis
múltiple.
Y
hasta ahora.
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