martes, 16 de enero de 2018

De Barcelona a Nantes

Domingo. Verano. Barcelona. 1992. Juegos Olímpicos. Allí fue donde empezó todo. Habíamos ido a pasar el día. Estuvimos paseando y, entre otras cosas, subimos a Montjuïc a ver el estadio. Por fuera, claro. No teníamos pensado entrar a ver ninguna competición deportiva. Mejor, porque al final resultó que ese día no había competiciones y, por lo tanto, casi tampoco gente. Total, que anduvimos tranquilamente por la ciudad, a nuestro aire. Fue ese día cuando empezó todo, fue ese día cuando empezó a notar un cosquilleo en la mano que, con el paso del tiempo, no se le iba. Creo recordar que ya en ese momento (bueno, unas semanas más tarde sería) le hicieron una resonancia magnética y le vieron una placa en la columna. Supongo que le darían alguna medicación, pero no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que no le diagnosticaron esclerosis múltiple entonces… porque se trataba de una placa única, no de varias.

Unos años después. Fin de semana en Nantes. Boda de la hija de unos amigos. Celebración por todo lo alto. Banquete divertidísimo, con actuaciones de los comensales incluidas. Nos trataron de lo mejor. Nos traían y llevaban, y nosotros no teníamos que preocuparnos por nada. Dormimos en un hotelito bien mono. Y allí fue donde siguió lo que había empezado en Barcelona. Ella estaba en la cama y la habitación empezó a darle vueltas. No, no era consecuencia del banquete y de los estragos de vinos, licores y demás bebidas espirituosas. No, no era nada de eso: ella apenas bebe. De vuelta a casa, resonancia magnética y descubrimiento de otra placa. Y entonces sí, como ya eran dos las placas, la de Barcelona y la de Nantes, ya le pudieron diagnosticar ‘oficialmente’ esclerosis múltiple.


Y hasta ahora.

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