domingo, 28 de enero de 2018

Un bastón, dos bastones…

Lo de caminar razonablemente bien no es lo habitual. Hay días, pocos, en los que se levanta y, ¡alehop!, se pone a caminar sin apoyarse en las paredes o en los muebles y sin agarrarse a la silla. Pero son pocos días. Lo normal es que o bien la espasticidad de las piernas o bien el equilibrio o, mejor dicho, el desequilibrio le hagan la cusqui. Y ahí no hay nada que hacer más que esperar a que cambien las tornas, quizá a la mañana siguiente.

No siempre fue así, claro. Como todo en esta enfermedad, también los problemas al caminar aparecieron poco a poco y se fueron agravando con el tiempo. Al principio, solo era una cuestión de desequilibrio. Podía caminar todo lo que fuera, ya que la espasticidad todavía no había hecho su aparición y las piernas estaban bien. Así que, cuando empezó a sentirse insegura, tras algún traspié que otro con alguna caída incluida, se decidió a ayudarse de un bastón. Seguía siendo autónoma, pero se acompañaba con un bastón. Con el tiempo, ese bastón único ya no le fue suficiente para sentirse segura y se empezó a mover con dos bastones, uno en cada mano. Ahí la cosa se le complicó algo más: con las dos manos ocupadas por los bastones y el bolso en bandolera, ya no tenía manos para nada más. En las ocasiones en que íbamos juntos, mi brazo sustituía a uno de los bastones.

Cuando la espasticidad empezó a asomarse, el desequilibrio pasó a un segundo plano en nuestras preocupaciones. Entonces el problema fue que las piernas no daban de sí, no funcionaban correctamente. Ahí fue cuando la opción de la silla de ruedas se hizo patente poco a poco. Con ella, podía caminar sujetándose de la silla y, cuando las piernas decían basta, sentarse y seguir camino con alguien, normalmente yo, empujando.

Más adelante, cuando fue evidente que lo de caminar quedaba reducido a la mínima expresión, la silla de ruedas eléctrica se impuso por sí sola para salir a la calle. Y fue una solución muy buena, porque ganó autonomía: va y viene como le place, sin necesidad de nadie que la sujete o la empuje. Hay otros inconvenientes, claro, pero son menores comparados con lo que ha ganado en movilidad.

Ese fue el proceso. Así contado, da la impresión de haber sido muy rápido, pero no es así: entre una fase y otra pasaron años, años de progreso de la enfermedad y años de adaptación a ese ir perdiendo batallas poco a poco.


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