Me
despierto antes de que suene el despertador e inmediatamente intuyo que está
llorando. Sin hacer ruido, pero está llorando, las lágrimas se le escapan.
Ocurre a veces. Supongo que ha tenido una mala noche, que no ha dormido bien,
que ha tenido dolores en las piernas, algún calambre, que se ha despertado en
mitad de la noche y ya no ha vuelto a coger el sueño, que se ha puesto a pensar
en esta perra vida que lleva (lo de ‘perra’ lo digo yo, no ella), que una cosa
lleva a la otra y, finalmente, no ha podido evitar las lágrimas.
Me
despierto, está llorando, me arrimo, le echo el brazo, la acurruco en mi pecho
y así nos quedamos un rato. Cuando se calma, cuando nos calmamos, charlamos
sobre lo que sea: ¿qué vas a hacer hoy?, ¿tienes mucho trabajo?, ¿vas a ir a la
compra?… Charlamos de otras cosas, no de la mala noche ni de la perra vida. Es
la forma de volverla a la normalidad, de hacerle ver que la noche es la noche,
un tiempo de oscuridad que agranda dificultades, problemas y contrariedades.
Nada más.
Me
despierto, está llorando… pero no me puedo permitir llorar.
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