Los medios de comunicación se han hecho eco de la muerte de un enfermo de
esclerosis múltiple que había peleado por que le aplicaran el suicidio
asistido, la eutanasia o lo que fuera. Explican que estaba paralizado de cuello
para abajo, que padecía muchos dolores y que quería dejar de sufrir. No obtuvo
ningún resultado su lucha, claro. En la España actual, uno no puede dejar de
vivir, si no puede matarse uno mismo.
Hace diez
años que el hombre tenía esclerosis múltiple ‘progresiva primaria’; es decir,
desde el principio, la enfermedad estuvo progresando constantemente sin que
hubiera episodios de remisión de los síntomas. La esclerosis múltiple puede
manifestarse también de otras formas. Cuando se producen recaídas y remisiones,
la llaman ‘recurrente remitente’: tras un brote, los síntomas disminuyen o,
incluso, pueden llegar a desaparecer durante un tiempo… hasta que se produce un
nuevo brote con los mismos síntomas u otros diferentes. En muchos casos de
esclerosis múltiple recurrente remitente, la enfermedad cambia con el paso de
los años y se convierte en ‘progresiva secundaria’; es decir, comienza a
progresar lentamente sin que haya ya remisión o recuperación de los síntomas.
Estas
denominaciones son útiles para los médicos: con dos palabras describen la fase
de la enfermedad en la que se encuentra el paciente. Pero también son útiles
para los pacientes y allegados: saber diferenciar las distintas formas de la
enfermedad y conocer lo que puede deparar el futuro permite ir anticipando
cosas.
Mi mujer
empezó con esclerosis múltiple recurrente remitente y, tras muchos años (unos
25, si contamos desde el primer episodio que tuvo; unos 20, si contamos desde
el diagnóstico definitivo), ha pasado a progresiva secundaria. ¿Quiere eso decir
que, como mucho, 10 años es lo que le queda de vida? ¿Ahora que la enfermedad
se ha convertido en progresiva, la evolución será como la del hombre de las
noticias: 10 años? La llaman la enfermedad de las mil caras, porque la
esclerosis múltiple es diferente en cada paciente. Ahora bien, uno no puede
dejar de inquietarse… aunque haga lo posible por no mostrarlo. Confiemos en eso
de las mil caras y en que la cara que le haya tocado a mi mujer lleve una buena
sonrisa.
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