Desde hace años, mi mujer acude con asiduidad a la Fundación de Esclerosis
Múltiple. A principios del verano, estuvimos allí para una sesión con una
terapeuta que nos enseñó ejercicios para disminuir la espasticidad de las
piernas. Mi mujer tenía una cita médica justo antes de la cita en la FEM, con
lo que ella fue por su lado y yo, por el mío. La cita médica de ella se alargó un
poco más de la cuenta y ella tardó en llegar, pero había habido una confusión
en la hora que nos dieron y, al final, llegó antes ella que la terapeuta, que
estaba fuera de las instalaciones. ¡Vaya rollo que estoy soltando!
Bueno, todo esto es para decir que yo estuve un buen rato en la FEM y,
mientras esperaba, pues, estuve observando. Hacía mucho tiempo, años, que no
iba por allí y no recuerdo que las otras veces hubiera pacientes haciendo
actividades con los terapeutas. O quizá es que yo no los vi. La cuestión es que
ahora sí que los vi… y lo que vi me está haciendo pensar. Y lo que pienso es si
el recorrido de la esclerosis múltiple en mi mujer será similar a algo de lo
que vi allí. Uno siempre tiene tendencia a imaginarse ‘lo peor’, con la
creencia de que así estará prevenido cuando ‘lo peor’ llegue. Pero esta vez, no
tuve que imaginarme nada, estaba delante de mí.
Un par de pacientes llegaron andando, como yo; uno de ellos, con un bastón.
Pero eran la excepción. El resto utilizaba silla de ruedas; algunos, manual;
otros, eléctrica. Dos mujeres estaban sentadas frente a frente haciendo
ejercicios de brazos con una terapeuta. Sus movimientos eran inseguros; su
hablar, apenas inteligible. Eso sí, al terminar la sesión, se sentaron en sus
sillas de ruedas eléctricas y las manejaban como Alonso su fórmula uno. Un
hombre estaba en su silla de ruedas eléctrica y tenía que tumbarse en la
camilla para, supongo, su sesión de fisioterapia o masaje o lo que fuera. Lo izaron
de su silla con un artilugio de esos que también se ven en los hospitales para
mover a personas que están encamadas y lo tumbaron en la camilla. Una mujer,
también en silla de ruedas, tenía que ir al servicio. Utilizaron otro artilugio
diferente que la levantaba de la silla y la mantenía de pie sobre la base del
aparato y así la metieron en el aseo. Luego, la sacaron y la volvieron a sentar
en la silla. Etcétera.
Y todo eso que vi a mí me parecía ‘lo peor’, porque mi mujer no ha llegado
a ninguna de estas fases. Pero, en realidad, ni siquiera sé si es realmente ‘lo
peor’. Sospecho que no. Sospecho que hay un ‘lo peor’ bastante más peor. Esta
enfermedad de las mil caras me tiene desencajado.
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