Lo
de caminar razonablemente bien no es lo habitual. Hay días, pocos, en los que
se levanta y, ¡alehop!, se pone a caminar sin apoyarse en las paredes o en los
muebles y sin agarrarse a la silla. Pero son pocos días. Lo normal es que o
bien la espasticidad de las piernas o bien el equilibrio o, mejor dicho, el
desequilibrio le hagan la cusqui. Y ahí no hay nada que hacer más que esperar a
que cambien las tornas, quizá a la mañana siguiente.
No
siempre fue así, claro. Como todo en esta enfermedad, también los problemas al
caminar aparecieron poco a poco y se fueron agravando con el tiempo. Al
principio, solo era una cuestión de desequilibrio. Podía caminar todo lo que
fuera, ya que la espasticidad todavía no había hecho su aparición y las piernas
estaban bien. Así que, cuando empezó a sentirse insegura, tras algún traspié
que otro con alguna caída incluida, se decidió a ayudarse de un bastón. Seguía
siendo autónoma, pero se acompañaba con un bastón. Con el tiempo, ese bastón
único ya no le fue suficiente para sentirse segura y se empezó a mover con dos
bastones, uno en cada mano. Ahí la cosa se le complicó algo más: con las dos
manos ocupadas por los bastones y el bolso en bandolera, ya no tenía manos para
nada más. En las ocasiones en que íbamos juntos, mi brazo sustituía a uno de
los bastones.
Cuando
la espasticidad empezó a asomarse, el desequilibrio pasó a un segundo plano en
nuestras preocupaciones. Entonces el problema fue que las piernas no daban de
sí, no funcionaban correctamente. Ahí fue cuando la opción de la silla de
ruedas se hizo patente poco a poco. Con ella, podía caminar sujetándose de la
silla y, cuando las piernas decían basta, sentarse y seguir camino con alguien,
normalmente yo, empujando.
Más
adelante, cuando fue evidente que lo de caminar quedaba reducido a la mínima
expresión, la silla de ruedas eléctrica se impuso por sí sola para salir a la
calle. Y fue una solución muy buena, porque ganó autonomía: va y viene como le
place, sin necesidad de nadie que la sujete o la empuje. Hay otros
inconvenientes, claro, pero son menores comparados con lo que ha ganado en
movilidad.
Ese
fue el proceso. Así contado, da la impresión de haber sido muy rápido, pero no
es así: entre una fase y otra pasaron años, años de progreso de la enfermedad y
años de adaptación a ese ir perdiendo batallas poco a poco.